La mañana del 10 de diciembre trajo un momento de alivio en Chota, Cajamarca: uno de los tres mineros atrapados en un socavón fue rescatado con vida tras pasar más de 48 horas bajo tierra, a más de 200 metros de profundidad. Se trata de Román Lumba Herrera, operario dedicado a la extracción de carbón en el centro poblado Rosas Pampa. Tras su rescate, fue trasladado al Hospital José Soto Cadenillas, donde permanece bajo estricta observación médica por el impacto físico y emocional del encierro.
No obstante, la tragedia marcó a la comunidad. Los otros dos mineros no lograron sobrevivir. Las víctimas fueron identificadas como Pascual Saavedra Hoyos y Ángel Lumba Huacal, de apenas 19 años e hijo del sobreviviente. El doble golpe emocional para la familia Lumba evidenció la crudeza del accidente. Según el capitán Giancarlo Arriaga, el cuerpo del joven Ángel fue recuperado en la madrugada, mientras continuaban las labores para ubicar al tercer fallecido.
El rescate estuvo plagado de dificultades: la profundidad del socavón, el acceso limitado y las condiciones precarias de la operación minera retrasaron el trabajo conjunto de policías, pobladores y trabajadores. La falta de formalidad en la mina también quedó expuesta, una situación recurrente en labores extractivas informales del país.
Esta tragedia vuelve a poner sobre la mesa la fragilidad de la minería informal y la ausencia de fiscalización estatal. Los riesgos a los que se exponen miles de trabajadores revelan un problema estructural: actividad económica sin controles, sin protocolos de seguridad y sin capacidad de respuesta rápida ante emergencias. Un rescate exitoso no puede opacar la urgencia de políticas más firmes que eviten que vidas sigan perdiéndose en socavones clandestinos.